Amante

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El lenguaje nos eleva a otra esfera de conocimiento pero también de sufrimiento. Antes de hablar no pensamos mucho, solo existimos. Es cuando aprendemos a decir las cosas que todo adquiere dificultad para ser expresado. Si solo hiciéramos lo que el cuerpo quiere sería más sencillo, pero ¿Quién puede sentir sin pensar en lo que está sintiendo?

Sé que crees que soy buena persona, sé que crees que te amo, en verdad, te odio tanto. Te odio por creer en mis buenas acciones, te odio por creer que por todo lo que te doy y la forma amorosa en te miro te amo. Te odio por sentir que te amo. Esto me molesta profundamente, pero no me molesta en nuestro tiempo. Esto me duele pero me duele en otros segundos alternos en mis células, me duele en la otra vida paralela que llevo. Me duele con mi otra alma o tal vez no tengo ni la mitad de una cuando estoy contigo, tal vez no tenga cerebro y sea solo un alter ego en mi conciencia. Luego en este tiempo, el mío ¿el verdadero?, soy yo, soy la mujer nihilista, soy la que no quiere tener deseos, soy la que no quiere ser penetrada ni en cuerpo ni en pensamiento, la que no disfruta de ser de carne y hueso. Tenía una idea, ser un asexuado fakir de esta ciudad dentro del universo. No me equivoco. No creo que me ha salvado, no quiero ser salvada, ya lo he dicho. Quiero hundirme en el lago de esa inexplicable tristeza aparentemente profunda por su oscuridad pero realmente somera. No soy yo cuando te amo, solo estoy poseída por un espíritu de acalorada naturaleza que te transforma en especie que siente sin cuestionarse por qué se quema. Besos, promesas, flujos, sueños, pelos. Soy una piel entre las pieles, un templo de hormonas junto a otros templos. Unámonos, Cantemos alabanzas a la pureza, a la virtud y a la lujuria. Todo lo que ya han sentido antes los muertos. En nuestros besos, hay flores rellenas de cantos gregorianos y monjes cantando dulces néctares. Pobres madres con embriones que no conocen el advenimiento de la tribulación al ir creciendo. No creo en un más allá, una cúpula de paz o una montaña de consuelo. Conozco la necrofilia del placer: saborear el desenlace de toda pasión que se reproduce sin tregua en cada cuerpo.

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