“El que hace una bestia de sí mismo, se libera del dolor de ser hombre.”


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La cita del título es del escritor Samuel Johnson.

No estoy muy segura de que es esto:

 

Su mayor dificultad para sobrellevar la vida se da cuando espera que otros sean sensibles ante su insensibilidad. Algo en su rostro siempre ruega que se le compadezca por no tener compasión. Ha postergado el afecto por tiempo indefinido. El acuerdo mutuo y ordinario no le brinda satisfacción. Diseñó una coartada irrefutable para librarse de la opresión del apego. Un subterfugio premeditado para no revelar quién es por completo. Su atención está enfocada en el origen de las percepciones, en reducir al máximo los placeres a los que sucede el dolor; en la volición de todo deseo que conduzca a la aflicción. Ha fulminado lo que le quedaba de sentido práctico e inteligencia. Posee una mente más bien metódica: necesita palabras simples, frases claras y acciones precisas. Su existencia es casi robótica, pero tiene el espíritu de un cavernícola con ínfulas de erudición; de un salvaje con sueños aristocráticos. Tiene un monóculo y un mostacho que saca a relucir para analizar la violencia de cada fenómeno social que le ha herido. Por ejemplo: las opciones que no son más que un engaño publicitario, sueños de libertad para conducirnos al desesperado consumó de una solución; el escape de un ambiente que nosotros mismos hemos condicionado para que sea intolerable. Como la falaz idea de que unas vacaciones te renovarán, de que un viaje a un país exótico te marcara, de que lo que vistes, lo que comes, lo que lees, lo que compras forma tu personalidad, cuando en realidad solo es a lo que estás habituado. Así que se ahoga en un mar profundo y fascinante de cotidianidad. Frecuenta el sexo en la ciudad. Aplaude al presenciar las interacciones que podrían no ser más que una danza tribal; Un intento de perpetuar esto que somos en la piel de otros, de dejar huella en un mundo que no tiene terreno sólido. Una espesa selva digital y ahí está, tratando de imponerse al estilo Tarzan, es parte de la especie, sabe que elige o le eligen. Pero aún hay más, siente que aún hay más, no es ese sabor que le gusta o esa marca que compra, o las horas en el gimnasio, las posiciones de yoga que domina o ese maquillaje que le sienta bien. Es algo muy dentro, algo delicadamente grabado por las caricias de los que prometieron amarle. Algo que se le ha tallado con un cincel enfurecido por la opresión de un momento; bajo la desesperación de curar y olvidar de una vez por todas la cicatriz genética o la violación cultural a la que fue sometido. Por el impulso de los días que avanzan y exigen su mano de obra cuando sólo ha querido detener el tiempo y abdicar de su cargo en la vida. Piensa en lo inconsecuente de ser el empleado del mes en la empresa del destino; de ser un cosmopolita del dolor. A simple vista, es solo un dandi de clase media con afinidad por la misantropía. En el trasporte publico, medita sobre cómo la desintegración paulatina de sus células es un tormento que muchas veces siente le destruirá, irónicamente, por supuesto que le destruirá.

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Arte: Ralph Steadman

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