Ya no padezco: soy yo

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La belleza esta en el ojo del espectador, o algo así, ¿también la fealdad? No tengo problemas con ninguno de estos dos calificativos expresados en una buena proporción, me refiero a que me siento a gusto, por ejemplo, notando la evidente belleza o la fealdad. Lo que me pone mal es el punto medio, en el que no se puede calificar de realmente bello o feo a algo o alguien. Esto me perturba. He padecido de este problema extremo por mucho tiempo, y aunque he comenzado describiéndolo con un ejemplo de percepción estética, mi problema va más allá de eso. Me refiero a que me irrita todo lo que no esta en su esencia. Como un libro, no hace falta decirlo, leer un buen libro es un placer, puedo también soportar un libro muy malo, pero lo que realmente me provoca arrancarme los cabellos es un libro mediocre, Un libro que fluctúa entre una buena trama y pobres personajes o un buen inicio y un final absurdo. Habló también de emociones o Estados de ánimo. Me deleito en la tristeza en gran dosis o en la felicidad que me lleva a soñar despierta, pero siempre esta este estado intermedio que no me dice nada. No me molesta tener hambre o sentirme realmente llena pero la indecisión del apetito me parece insulsa. Estar sano y sentirse pleno o estar enfermo y adormecido, pero no padecer este aburrimiento odioso en el que el cuerpo no se decide a que reino permanecer.
No seria mejor todo si no gravitáramos entre tantos puntos inútiles, si nos agitáramos solo en los sentimientos mas puros. Me explico: no seria mejor experimentar el éxtasis de la felicidad en su versión menos adulterada o sucumbir a una profunda tristeza con pasiva dignidad. O sentir el hambre propia que debilita o la satisfacción de haber comido hasta reventar. El amor loco y desenfrenado o la indiferencia sin más. O nuestros ojos presenciarán las cosas mas sublimes y hermosas y en contraste las más horrendas. Percibir las esencias mas dulces o los olores mas putrefactos y vergonzosos que un cuerpo puede experimentar. Así, podría hablar de muchas cosas. En conclusión, esta ambigüedad de las experiencias es lo que me provoca disconformidad. Es como despertar de un largo sueño. Sentir un vacío de todo eso que se ha vivido y no se puede retener en la mente, tal vez mucho ha carecido de su naturaleza brutal, me he jurado no olvidar lo poco que la ha conservado.

de la náusea:

Qué lejos de ellos me siento, desde lo alto de esta colina. Me parece que pertenecen a otra especie. Salen de las oficinas, después de la jornada de trabajo, miran las cosas y las plazoletas con aire satisfecho, piensan que es su ciudad, “una hermosa ciudad burguesa”. No tienen miedo, se sienten en su casa. Nunca han visto otra cosa que el agua domeñada que sale por los grifos, la luz que surge de las bombitas cuando se hace presión en el interruptor, los árboles mestizos, bastardos, sostenidos con horquetas. Cien veces por día tienen la prueba de que todo se hace mecánicamente, que el mundo obedece a leyes fijas e inmutables. Los cuerpos abandonados en el vacío caen todos a la misma velocidad, el jardín público se cierra todos los días a las dieciséis en invierno, a las dieciocho en verano, el plomo se funde a 335°, el último tranvía sale del Ayuntamiento a las veintitrés y cinco. Son apacibles, un poco taciturnos, piensan en Mañana, es decir, simplemente, en un nuevo hoy; las ciudades sólo disponen de una sola jornada que se repite, muy parecida, todas las mañanas. Apenas la adornan un poco los domingos. Imbéciles. Me repugna pensar que volveré a ver sus caras gruesas y tranquilas. Legislan, escriben novelas populistas, se casan, cometen la extrema estupidez de tener hijos. Entre tanto, la gran naturaleza vaga se ha deslizado en la ciudad, se ha infiltrado en todas partes, en sus casas, en sus oficinas, en ellos mismos. No se mueve, permanece tranquila, y los hombres están bien metidos dentro, la respiran y no la ven, se imaginan que está afuera, a veinte leguas de la ciudad. Yo veo esa naturaleza, yo la veo… Sé que su sumisión es pereza, sé que no tiene leyes: lo que ellos toman por constancia… Sólo tiene hábitos y puede cambiarlos mañana. ¿Y si sucediera algo? ¿Si de golpe se pusiera a palpitar? Entonces comprenderían que está aquí y les parecería que el corazón iba a estallarles. ¿Entonces de qué les servirían sus diques y sus murallas, y sus centrales eléctricas, sus altos hornos, sus prensas hidráulicas? Puede suceder en cualquier momento, quizá en seguida; éstos son los presagios. Por ejemplo, un padre de familia de paseo vera acercársele, por la calle, un guiñapo rojo como empujado por el viento. Y cuando el guiñapo esté muy cerca, verá que es un trozo de carne podrida, manchada de polvo, que se arrastra reptando, brincando, un pedazo de carne torturada que rueda por las alcantarillas proyectando espasmódicos chorros de sangre.

Jean Paul Sartre

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3 respuestas a Ya no padezco: soy yo

  1. Johann Schwarz dijo:

    ¡Al parecer te ha gustado La Náusea tanto como a mi!

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